Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Si hubieran tenido a su disposición los útiles que emplean ordinariamente los balleneros para abrirse canales a través de los hielos; si hubieran podido cortar ese campo helado hasta el punto donde se ensancha de nuevo el río, es posible que aún hubiera llegado a tiempo. Pero no tenían sierras, ni picos, ni herramienta alguna que les permitiera romper aquella corteza, dura como el cemento.
¿Qué partido tomar?
En ese momento se oyeron descargas de fusil procedentes de la orilla derecha del Angara y una lluvia de balas alcanzó la balsa.
Evidentemente, los desgraciados fugitivos habían sido localizados, porque otras detonaciones comenzaron a tronar desde la orilla izquierda. Los fugitivos, cogidos entre dos fuegos, se convirtieron en el blanco de los tártaros y algunos de ellos fueron heridos, pese a que en medio de la oscuridad, las armas tenían que ser disparadas necesariamente al albur.
-Ven, Nadia -murmuró Miguel Strogoff al oído de la joven. Sin hacer observación alguna, «dispuesta a todo», Nadia tomó la mano de Miguel Strogoff.
-Se trata de atravesar la barrera -le dijo en voz baja-, pero que nadie nos vea abandonar la balsa.