Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Efectivamente, no quedaba más que algunas horas de oscuridad y si los fugitivos no estaban en Irlutsk antes de las cinco de la madrugada, debÃan perder todas las esperanzas de llegar jamás.
Pero, pese a cuantos esfuerzos se realizaron, a la una y media la balsa chocó contra una barrera y se detuvo definitivamente. Los bloques de hielo que arrastraba el agua se precipitaban sobre la balsa, aprisionándola contra aquel obstáculo, y la inmovilizaron como si hubiera encallado en un arrecife.
En aquel lugar el Angara se estrechaba y su lecho quedaba reducido a la mitad de la anchura normal. AllÃ, los hielos se habÃan acumulado poco a poco, soldándose unos a otros bajo la doble influencia de la presión, que era muy considerable, y del frÃo, que habÃa redoblado su intensidad.
Quinientos pasos más adelante, el lecho del rÃo se ensancha de nuevo y los bloque, desprendiéndose lentamente de aquel campo helado, continuaban derivando hacia Irkutsk. Es probable, pues, que sin ese estrechamiento de las orillas no se formara la barrera y la balsa hubiese podido continuar descendiendo por la corriente. Pero la desgracia era irreparable y los fugitivos debÃan abandonar toda esperanza de llegar a su meta.