Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Sà -respondió Miguel Strogoff-, pero Dio está con nosotros. Sin embargo, la situación se agravaba cada vez más. Si la balsa quedaba detenida por el camino, los fugitivos no solamente no llegarÃan a Irkutsk, sino que se verÃan obligados a abandonar el aparejo flotante, el cual, aplastado por los témpanos no tardarÃa en desaparecer bajo sus pies. Las cuerdas de mimbre se romperÃan, los troncos de pino, separados violentamente se incrustarÃan bajo aquella dura costra y los desgraciados no tendrÃan otro refugio que los mismos bloques de hielo. Después, una vez que llegase el dÃa, serÃan localizados por los tártaros y masacrados sin piedad. Miguel Strogoff volvió a popa en donde Nadia le esperaba y, aproximándose a la joven, tomó su mano y le hizo la eterna pregunta:
-¿Estás dispuesta, Nadia?
A la cual ella respondió, como siempre:
-Estoy dispuesta.
Durante algunas verstas todavÃa, la balsa continuó deslizándose en medio de los hielos flotantes. Si el Angara se estrechaba, se formarÃa una barrera y, consecuentemente, serÃa imposible seguir deslizándose por la corriente. La deriva ya se hacÃa muy lentamente, porque a cada instante se producÃan choques o tenÃan que dar rodeos; aquà tenÃan que evitar un abordaje y allá pasar por una estrechura, todo lo cual significaba inquietantes retrasos.