Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Era alrededor de medianoche las sombras espesas volvieron a proteger la balsa. Sobre las dos orillas del rÃo iban y venÃan los tártaros, a los que no podÃan ver, pero sà oÃr. Las hogueras de los puestos avanzados brillaban extraordinariamente. Sin embargo, cada vez se hacÃa más necesario maniobrar con precisión en medio de los hielos que se iban estrechando.
El viejo marinero se puso de pie y los campesinos tomaron sus pértigas. Todos tenÃan alguna tarea que realizar porque la conducción de la balsa se volvÃa más difÃcil por momentos, al obstruirse visiblemente el curso del rÃo. Miguel Strogoff se deslizó hasta la proa.
Alcide Jolivet le siguió.
Ambos hombres escucharon lo que decÃan el viejo marinero y sus hombres:
-¡Vigila por la derecha!
.¡Los hielos se condensan a la izquierda!
-¡Aguanta! ¡Aguanta con la pértiga!
-¡Antes de una hora estaremos bloqueados...
-¡Dios no lo quiera! -respondió el viejo marinero-. Contra su voluntad no hay nada que hacer
-¿Ha oÃdo usted? -preguntó Alcide Jolivet.