Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Porque, efectivamente, grandes haces de chispas salían disparadas de las casas, cada una de las cuales era un verdadero horno ardiendo. En medio de las columnas de humo, las chispas se remontaban en el aire hasta alturas de quinientos o seiscientos pies. Sobre la orilla derecha, expuesta de frente a esta hoguera, los árboles y los acantilados aparecían como inflamados. Por tanto, bastaba que una chispa cayera sobre la superficie del Angara, para que el incendio se propagase sobre las aguas y llevara el desastre de una a otra orilla. Esto significaba, en breve plazo, la destrucción de la balsa y la muerte de quienes transportaba.
Pero, afortunadamente, la débil brisa de la noche no era suficientemente fuerte de ese lado, sino que soplaba con más fuerza del este y proyectaba las llamas y las chispas hacia la parte izquierda. Era, pues, posible que los fugitivos lograran escapar a este nuevo peligro. Efectivamente, dejaron atrás la población en llamas. Poco a poco fue desapareciendo el estallído del incendio y disminuyó el ruido de las crepitaciones, ocultándose las últimas luces por detrás de los altos acantilados que se elevaban en una brusca curva del Angara.