Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Eran las once y medía de la noche y la balsa continuaba deslizándose en medio de los hielos, con los cuales se confundía totalmente; pero de vez en cuando llegaban hasta ella grandes chorros de luz, por lo que los fugitivos tuvieron que aplastarse contra la plataforma, no permitiéndose el menor movimiento que pudiera traicionarlos. El incendio del pueblecito se operaba con una violencia extraordinaria. Sus casas, hechas de madera de pino, ardían como teas y eran ciento cincuenta las que ardían a la vez. A las crepitaciones del incendio se mezclaban los aullidos de los tártaros. El viejo marinero, tomando como punto de apoyo los témpanos cercanos a la balsa, había conseguido acercarla hacia la orilla derecha, separándola a una distancia de tres o cuatrocientos pies de las playas encendidas de Poshkavsk. Sin embargo, los fugitivos eran muchas veces iluminados por las llamas, y podían ser localizados si los incendiarios no hubiesen estado tan absortos en la destrucción de la villa. Pero se comprenderá cuáles debían de ser los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, cuando pensaban en aquel líquido combustible sobre el que flotaba la balsa.