Miguel Strogoff

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El Gran Duque, después de haber recorrido las principales ciudades siberianas, viajando más como militar que como príncipe, sin ningún aparato oficial, acompañado de sus oficiales y escoltado por un destacamento de cosacos, se había trasladado hasta las comarcas que están más allá del Baikal. Nikolaevsk, la última ciudad rusa situada en el litoral del mar de Okhotsk, había sido honrada con su visita. Una vez llegado hasta los confines del inmenso Imperio, el Gran Duque regresaba a Irkutsk, desde donde contaba con reemprender la ruta de regreso a Europa, cuando llegaron las noticias de la invasión tan amenazadora como inesperada. Se dio prisa por llegar a la ciudad, pero cuando llegó, las comunicaciones con Rusia iban a quedar inmediatamente interrumpidas. Recibió todavía algunos mensajes de Petersburgo y de Moscú, y hasta pudo contestarlos, pero después el hilo quedó cortado en las circunstancias que ya conocemos. Irkutsk estaba aislada del resto del mundo.

El Gran Duque no podía hacer otra cosa que organizar la resistencia, a cuya tarea se entregó con la seguridad y la sangre fría de las que había dado muestra en innumerables ocasiones.

Las noticias de la caída de Ichim, Omsk y Tomsk, sucesivamente, habían llegado a Irkutsk. Era preciso, pues, salvar de la ocupación, al precio que fuera, a la capital de la Siberia oriental.


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