Miguel Strogoff

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No se podía confiar en recibir refuerzos inmediatos. Las escasas tropas diseminadas por las provincias del Amur y el gobierno de Irkutsk no podían llegar en suficiente número para detener a las columnas tártaras. Por lo tanto, era necesario poner la ciudad en condiciones de resistir un sitio de cierta duración.

Los trabajos comenzaron el día en que Tomsk cayo en manos de los invasores y, al mismo tiempo que recibía esta noticia, el Gran Duque supo que el Emir de Bukhara, junto con los khanatos aliados, dirigía personalmente el movimiento; pero lo que ignoraba era que el lugarteniente del cabecilla de aquellos bárbaros fuera Ivan Ogareff, un oficial ruso al que él mismo había degradado y al que no conocía personalmente. Inmediatamente, tal como queda dicho, los habitantes de la provincia de Irkutsk, recibieron la orden de abandonar pueblos y ciudades. Los que no se refugiaron en la capital, tuvieron que trasladarse a la parte opuesta del lago Balkal, donde probablemente no llegarían los estragos de la invasión.

Fueron requisadas las cosechas de trigo y de forrajes, con destino al abastecimiento de la capital, y este último baluarte del poderío moscovita en el Extremo Oriente quedó


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