Miguel Strogoff
Miguel Strogoff ¡Lo que acababa de otorgar el hermano del Zar era el perdón para sus compañeros de exilio, ahora ya sus compañeros de armas!
Wassili Fedor estrechó con emoción la mano que le tendió el Gran Duque y salió de palacio.
Éste, volviéndose hacia sus oficiales, dijo sonriendo:
-El Zar no dejará de aceptar la letra de perdón que he girado a su cargo. Nos hacen falta héroes que defiendan la capital de Siberia y acabo de hacerlos. Era, efectivamente, un acto de justicia y de buena política este perdón tan generosamente otorgado a los exiliados de Irkutsk.
La noche había llegado ya, y a través de las ventanas del palacio del gobernador general brillaban las hogueras del campamento de los tártaros, que con sus resplandores iluminaban más allá de la orilla del Angara. El río arrastraba numerosos bloques de hielo, algunos de los cuales quedaban detenidos en su deslizarse sobre las aguas por los pilotes de los antiguos puentes de madera.
Los que la corriente mantenía en el canal derivaban con extrema rapidez. Era evidente, como había observado el alcalde, que el Angara difícilmente se helaría en toda su superficie. El peligró, pues, estaba conjurado por aquella parte, no debiendo preocupar a los defensores.