Miguel Strogoff

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-Pues bien... -respondió Ivan Ogareff; y después, recapacitando, agregó-: Pero no... Me equivoco... Iba a confundir las fechas. Desgraciadamente es muy probable que haya podido traspasar la frontera y no le queda a usted mas que una esperanza, y es que se haya quedado esperando noticias de la invasión.

Wassili Fedor bajó la cabeza. Conocía a Nadia y sabía perfectamente que nada le impediría continuar.

Ivan Ogareff, con aquellas palabras, acababa de cometer gratuitamente un acto de verdadera crueldad. Con otras palabras, podía haber tranquilizado a Wassili Fedor, pese a que Nadia había pasado la frontera en las circunstancias que conocemos; Wassili Fedor, al relacionar la fecha en que su hija se encontraba en Nijni-Novgorod con la del decreto que prohibía la salida, hubiera llegado, sin duda, a la conclusión de que Nadia no había podido quedar expuesta a los peligros de la invasion porque, pese a ella, continuaba todavía en el territorio europeo del Imperio.

Ivan Ogareff, obedeciendo a su naturaleza de hombre que no se conmovía por los sufrimientos ajenos, podía haber dicho estas otras palabras, pero no las dijo... Wassili Fedor, con el corazón partido, se retiró. Después de aquella entrevista se había disipado su última esperanza.


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