Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Por la noche se acerco por dos veces a la explanada de la puerta y, sin temor a ser descubierto por los sitiadores, cuyos puestos más avanzados se hallaban a menos de una versta de las murallas, se paseó por el glacis. Sabía perfectamente que no se exponía a ningún peligro y que hasta había sido reconocido, porque distinguió una sombra que se deslizaba hasta el pie de las murallas.

Sangarra, arriesgando su vida, venía a ponerse en comunicación con Ivan Ogareff. Los sitiados, por otra parte, desde hacía dos días gozaban de una tranquilidad a la que no les habían acostumbrado los tártaros desde el comienzo del asedio. Era por orden de Ivan Ogareff. El lugarteniente de Féofar-Khan había querido que se suspendiera toda tentativa de tomar la ciudad por asalto. Por eso desde su llegada a Irkutsk, la artillería había quedado completamente muda. Esperaba, además, que así se relajaría la estrecha vigilancia de los sitiados. En cualquier caso, en los puestos avanzados, varios millares de tártaros se mantenían preparados para lanzarse contra la puerta, que estaría desguarnecida de defensores en el instante en que Ivan Ogareff les diera la señal de actuar.




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