Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Hasta medianoche no se produjo ningún incidente. Por la parte este, más allá de la puerta de Bolchaia, la calma era absoluta. Ni una sola hoguera había encendida en los frondosos bosques que en el horizonte se confundían con las nubes. En el campamento del Angara había una gran agitación que era atestiguada por el continuo desplazamiento de luces.

A una versta por arriba y por abajo del punto donde la escarpa iba a apoyarse sobre la margen del río, se podía oír un sordo murmullo que probaba que los tártaros estaban de pie, esperando una señal cualquiera para entrar en accion. Todavía transcurrió una hora sin que se produjera la nueva novedad. Iban a dar las dos de la madrugada en las campanas de la catedral de Irkutsk y ningún movimiento había mostrado aún las intenciones hostiles de los asaltantes. El Gran Duque y sus oficiales se preguntaban si no habían sido inducidos a error y si realmente entraba en los planes de los tártaros el intentar sorprender la ciudad. Las noches precedentes no habían gozado, ni mucho menos, de tanta tranquilidad. Las descargas estallaban frecuentemente en dirección a los puestos avanzados y los obuses rasgaban el aire. Sin embargo, esti noche no ocurría nada. El Gran Duque, el general Voranzoff y su ayudante de campo, pues, esperaban, dispuestos a dar las órdenes según las circunstancias.


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