Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Tenía motivos para aplaudirse. El asalto que había sido imaginado era terrible. Los defensores de Irkutsk se encontraban entre el ataque de los tártaros y el desastre del incendio. Sonaron las campanas y toda persona que estuviera en condiciones se dirigió
a los puntos atacados y a las casas que devoraba el fuego y que amenazaba con extenderse por toda la ciudad.
La puerta de Bolchaia estaba casi libre. Apenas si habían quedado algunos defensores que, por inspiración del traidor y para que los acontecimientos que iban a producirse pudieran ser explicados dejándole a él al margen (siendo atribuidos al odio político), esos pocos defensores habían sido escogidos entre el pequeño cuerpo de exiliados. Ivan Ogareff volvió a entrar en su habitación, ahora brillantemente iluminada por las llamas del Angara, que sobrepasaban la balaustrada de la terraza, disponiéndose a abandonar el palacio.
Pero, apenas había abierto la puerta, cuando una mujer, con las ropas destrozadas y el cabello en completo desorden, se precipitó dentro de la habitación.
-¡Sangarra! -gritó Ivan Ogareff en el primer momento de sorpresa, no imaginando que aquella mujer pudiera ser otra que la gitana.
Pero no era Sangarra, sino Nadia.