Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Una multitud de oficiales acudía en busca de órdenes y los soldados corrían a ejecutarlas, llenando la gran sala del piso bajo. Allí, Miguel Strogoff y la joven, en un brusco remolino de la multitud, se vieron separados.
Nadia, perdida, corrió a través de las salas bajas, llamando a su compañero y pidiendo ser conducida ante el Gran Duque.
Frente a ella se abrió una puerta que daba a una habitación inundada de luz. Entró en ella y se encontró, inopinadamente, cara a cara con aquel que había visto en Ichim y más tarde en Tomsk; cara a cara con aquel que un instante más tarde, con su mano criminal, entregaría la ciudad a los invasores.
-¡Ivan Ogareff ! -gritó Nadia.
Al oír pronunciar su nombre, el miserable se estremeció, porque si alguien le conocía, todos sus planes se vendrían abajo. No tenía más que una cosa por hacer: matar a quien acababa de pronunciar su nombre, fuera quien fuese. Ivan Ogareff se lanzó sobre Nadia, pero la joven con un cuchillo en la mano, se apoyó contra la pared decidida a defenderse.
-¡Ivan Ogareff! -gritó de nuevo Nadia, sabiendo perfectamente que este nombre atraería en su socorro a quien lo oyese.
-¡Ah! ¡Te callarás! --dijo el traidor.