Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Finalmente, dio un salto, dirigiendo una estocada al pecho del correo del Zar. Un movimiento imperceptible del cuchillo del ciego paro el golpe. Miguel Strogoff no había sido tocado y, fríamente, sin mostrar desafío, espero un segundo ataque. Un sudor helado rodaba por la frente de Ivan Ogareff. Retrocedió un paso y se lanzó de nuevo al ataque. Pero obtuvo el mismo resultado que la primera vez. Un simple movimiento del largo cuchillo bastó para desviar la inútil espada del traidor. Éste, ciego de rabia y de terror en presencia de aquella estatua viviente, fijó su aterrorizada mirada en los ojos totalmente abiertos del ciego. Esos ojos parecían leer hasta el fondo de su alma y, sin embargo, no veían, no podían ver; esos ojos ejercían sobre él una espantosa fascinación.
De pronto, Ivan Ogareff dio un grito. Inesperadamente, la luz se había hecho en su cerebro.
-¡Ve! -gritó-. ¡Ve!
Y como una fiera que trata de volver a su cubil, paso a paso, aterrorizado, retrocedió hasta el fondo de la sala.
Entonces, la estatua viviente se animó; el ciego marchó directamente hacia Ivan Ogareff y, situándose frente a él, dijo: