Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Un alto personaje, no menos ocupado que el gobernador general, era el jefe de policía. Sus agentes y él mismo, encargados de mantener el orden, de atender las reclamaciones, de velar por el cumplimiento de los reglamentos, no descansaban un instante. Las oficinas de la administración, abiertas día y noche, se veían asediadas incesantemente, tanto por los habitantes de la ciudad como por los extranjeros, europeos o asiáticos. Miguel Strogoff se encontraba precisamente en la plaza central cuando se extendió el rumor de que el jefe de policía acababa de ser llamado urgentemente al palacio del gobernador general. Un importante mensaje, se decía, había motivado esta llamada. El jefe de policía se presentó, pues, en el palacio del gobernador y enseguida, como por un presentimiento general, la noticia circulaba entre la gente; contra toda previsión y contra toda costumbre, iba a ser tomada una medida grave. Miguel Strogoff escuchaba cuanto se decía para, en caso de necesidad, sacar provecho de las noticias.
-¡Se va a cerrar la frontera! -gritaba uno.
-¡El regimiento de Nijni-Novgorod acababa de recibir orden de marcha! -respondía otro.
-¡Se dice que los tártaros amenazan Tomsk!