Un Capitan de quince años

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-Unas 160 millas diarias -contestó el grumete-, por eso es muy extraño que no hayamos visto tierra ni se haya cruzado con nosotros uno de los muchos barcos que frecuentan estos parajes.

- ¿Estás seguro -insistió la señora Weldon- de no haberte equivocado?

-Seguro, señora. Cada media hora ha funcionado la guindola y he obtenido sus indicaciones con toda precisión. Ahora mismo voy a hacerla funcionar de nuevo.

A una orden de Dick, Tom empezó a maniobrar la guindola, pero apenas se habían desenrollado veinticinco brazas de la sondaleza, ésta cedió en las manos del negro.

- ¿Qué sucede, Tom? -inquirió el grumete.

-¡Oh, señor Dick! La sondaleza se ha roto y la guindola se ha estropeado.

En efecto, la sondaleza se había roto a pesar de estar hecha con jarcia de la mejor calidad.

Dick Sand, que empezaba a desconfiar, observó los cordones que aparentemente parecían muy usados en el punto de la rotura.

Lo malo era que la guindola estaba inutilizada y que Dick no disponía ya de ningún medio para averiguar la velocidad del barco. Sólo le quedaba una brújula, aunque ignoraba que sus indicaciones no eran correctas.

El barómetro descendió más al día siguiente, lo que anunciaba viento huracanado.


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