Un Drama en México

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—¿Que qué pasa? —repitió el marinero con forzada sonrisa —. Pues que este endemoniado barco se sacude las pulgas corno un perro que sale del río, y tengo el estómago algo revuelto.

—¡Pobre amigo mío! —exclamó el muchacho mirando a Crockston con expresión de profundo agradecimiento.

—¡Cuando pienso que a mi edad no me permito el lujo de sentir el mareo! —prosiguió el marinero—. Pero, en fin, se hará lo que se haya de hacer… Son esas dichosas barras de trinquete las que me fastidian…

—Querido Crockston, es por mí…

—¡Por usted y por él! —interrumpió Crockston —. Pero, ni una palabra más sobre esto, Juan. Tengamos confianza en Dios, que no ha de abandonarnos.

El viejo marino y el muchacho volvieron a la cámara de tripulación, pero el tío no se durmió hasta que vio a su sobrino tranquilamente, acostado en la estrecha litera que le había sido destinada.

A las seis de la mañana del día siguiente, Crockston se levantó para ir a ocupar su puesto. Subió a cubierta y el segundo le repitió la orden de trepar a la arboladura, y vigilar bien.

Al oír estas palabras, el marino pareció vacilar pero, enseguida, tomando su partido, dirigióse hacia la popa del Delfín.

—¿Adónde vas? —le gritó mister Mathew.


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