Un Drama en México

Un Drama en México

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Hacía tres días que los navíos habían zarpado de las Marianas. La Constancia avanzaba a todo trapo impulsada por un ligero vientecillo. El brick, gracioso, ágil, esbelto, a ras de agua, con la arboladura inclinada hacia atrás, saltaba sobre las olas que salpicaban de espuma sus ocho carronadas de calibre seis.

—Doce nudos, mi teniente —comentaba una tarde el aspirante a Martínez—. Si seguimos navegando de esta forma, viento en popa, la travesía no será larga.

—¡Dios lo quiera! Ya hemos sufrido bastante y es hora de que acaben nuestras dificultades.

El gaviero José estaba en ese momento cerca del alcázar de popa y escuchaba las palabras del teniente.

—No debemos tardar mucho en avistar tierra —dijo entonces Martínez en voz alta.

—La isla de Mindanao, en efecto —contestó el aspirante—. Estamos a ciento cuarenta grados de longitud oeste y a ocho de latitud norte, y, si no me equivoco, la isla está…

—A ciento cuarenta grados treinta y nueve minutos de longitud y a siete grados de latitud —replicó vivamente Martínez.

José levantó la cabeza y, después de hacer una señal imperceptible, se dirigió hacia el castillo de proa.

—¿Tiene el cuarto de guardia de medianoche, Pablo? —preguntó Martínez.

—Sí, mi teniente.


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