Un Drama en México
Un Drama en México LA lancha, impelida por seis robustos remeros, volaba. La niebla se iba condensando y Jacobo conseguía, no sin trabajo, mantenerse en la línea de sus señales. Crockston estaba hacia la proa y el señor Halliburtt hacia la popa, junto al capitán. El prisionero, asombrado de la presencia de su criado, había querido hablarle; pero éste le había rogado por señas que guardara silencio.
Pero, así que la lancha estuvo en plena rada, Crockston se decidió a hablar, pues comprendía la ansiedad de su amo.
—Sí, querido amo —dijo—, el carcelero ocupa mi lugar en el calabozo, gracias a dos puñetazos que le he propinado, uno en la nuca y otro en el estómago, a manera de narcótico, en el momento en que me entraba la cena. ¡Qué agradecido soy! Le he quitado la ropa y las llaves, le he ido a buscar y le he conducido fuera de la ciudadela, a las barbas de los soldados.
¡No era muy difícil!
—Pero ¿y mi hija? —preguntó mister Halliburtt.
—A bordo del buque que nos ha de llevar a Inglaterra.