Un Drama en México

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Acerquémonos cuanto podamos a la derecha de la rada, aunque nos expongamos a recibir los proyectiles federales. ¿Tiene usted un hombre seguro en el timón?

—Sí, capitán.

—Mande apagar todas las luces. Demasiado nos venden los reflejos de la máquina que no se pueden ocultar.

El Delfín marchaba con suma rapidez; pero al acercarse a la derecha de Charleston Harbour, había tenido que seguir un canal que le acercaba momentáneamente al fuerte Sumter, y no se hallaba a media milla de éste, cuando todas sus cañoneras se iluminaron a la vez, y un diluvio de hierro pasó por delante del buque, resonando una espantosa detonación.

—¡Demasiado pronto, torpes! —gritó Jacobo soltando una carcajada.

—¡Fuerce, maquinista! ¡Es preciso pasar entre dos andanadas!

Los fogoneros activaron. Todo el Delfín gemía a los esfuerzos de su máquina, como si fuera a deshacerse.

Resonó una segunda detonación y otra granizada de proyectiles silbó detrás del barco.

—¡Demasiado tarde, imbéciles! —exclamó el joven capitán.

—Ya nos hemos librado de uno —gritó Crockston desde la toldilla—. Dentro de algunos minutos no habrá que temer a los confederados.


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