Un Drama en México

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No se habían evitado todos los peligros; el Delfín no podía cantar victoria, pues aunque la isla de Morris no estaba aún armada con las temibles piezas que se establecieron en ella algunos meses más tarde, sus cañones y morteros bastaban y sobraban para echar a pique buques como el Delfín.

El fuego de los fuertes Sumter y Moultrie había dado el alerta a los federales de la isla, y a los buques del bloqueo. Los sitiadores, aunque no comprendían aquel ataque nocturno, que no parecía dirigido contra ellos, debían estar dispuestos a responder.

Sobre esto reflexionaba Jacobo al avanzar hacia los pasos de Morris, y tenía motivo para temer, pues al cabo de un cuarto de hora multitud de luces surcaban las tinieblas cayendo una lluvia de granadas alrededor del buque, y haciendo saltar agua por encima de sus bordas; algunas llegaron a herir la cubierta del Delfín, pero por su base, lo cual le salvó de una pérdida segura. En efecto, aquellas granadas, como se supo después, debían romperse en cien fragmentos y cubrir cada una, una superficie de ciento veinte pies cuadrados, con fuego griego imposible de apagar, y que ardía por espacio de veinte minutos.

Una sola de aquellas bombas podía incendiar una nave.


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