Un Drama en México
Un Drama en México José tenía razón. Era una gran ciudad después de las insignificantes aldeas que habían atravesado. Una especie de posada se abría en la calle principal. Tras dejar sus caballos a un mozo de cuadra, entraron en la sala del establecimiento, en la que aparecía una larga y estrecha mesa completamente servida. Los españoles se sentaron uno frente al otro y comenzaron a hacer los honores a una comida que sería sin duda suculenta para paladares indígenas, pero que sólo el hambre podía hacer soportable a paladares europeos.
Se trataba de pedazos de pollo que nadaban en una salsa de chile verde, porciones de arroz sazonadas con ajíes y azafrán, gallinas viejas rellenas con aceitunas, pasas, cacahuetes y cebollas; calabacines en dulce, garbanzos y ensaladas, acompañado todo por tortillas, una especie de tortas de maíz cocinadas en una placa de hierro. Tras la comida les sirvieron de beber. De todas formas, si no el paladar, el hambre fue satisfecha, y la fatiga no tardó en hacer dormir a Martínez y a José hasta una hora avanzada de la mañana.