Un Drama en México

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IV

¡AL fin llegó el siguiente día! ¡Qué gran noche pasamos en la posada de Hérisart! Un cuarto para ocho, una nube de parásitos fraternalmente distribuídos entre nosotros y los perros, que se rascaban con una rabia capaz de hundir el piso.

A mi, ¡oh inocente!, se me ocurrió preguntar a la posadera, una vieja desgarbada, si había pulgas en el cuarto.

—No señor —me respondió—, se las comerían los chinches.

En vista de esto, me decidí a dormir vestido sentado en una silla medio desvencijada. No podía tenerme de dolores cuando me levanté.

Naturalmente fuí el primero en levantarme. Bretignot, Matifat, Pontcloué, Duvauchelle y sus compañeros roncaban todavía. Deseaba por momentos estar en el campo, como los cazadores sin experiencia que quieren salir antes del amanecer y antes de haber comido. Pero los profesores, a los que con el debido respeto fui despertando uno a uno, calmaron mis impaciencias de neófito. Sabían los muy tunantes que las perdices al amanecer tienen las alas todavía húmedas y se las encuentra con dificultad.


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