Un Drama en México

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De pronto mi examen fue bruscamente interrumpido. El perro de Montcloué levantó una codorniz a menos de diez pasos de distancia. Involuntariamente, por instinto si se quiere, me eché la escopeta a la cara, y… pam, como decía Matifat.

¡Vaya una bofetada que recibí, dada por la culata de mi escopeta, que no coloqué bien; una bofetada de las cuales no se puede pedir satisfacción a nadie! Al mismo tiempo mi tiro fue seguido de otro de Pontcloué.

La codorniz cayó, media deshecha, y fue recogida por el perro, que se la llevó a su dueño, quien se la guardó en su morral.

Ni siquiera se le ocurrió pensar que quizá hubiera yo tenido parte en aquella muerte.

Pero no dije nada, no me atrevía. Ya he dicho que soy naturalemente tímido con las personas que saben más que yo.

En vista del primer éxito, se animaron todos aquellos aficionados a destruir la caza. ¡Qué gran cosa! ¡Una codorniz al cabo de tres horas de caza! Era imposible que en todo aquel terreno no hubiera otra, y si la encontraban y la mataban, tocarían a un tercio de codorniz por cazador.

Pasada la colina nos encontramos en plena tierra de labor. Yo prefiero cien veces el asfalto de los bulevares a los surcos, que le hacen a uno ir dando saltos y acabar por tener un peso en los pies el triple que de ordinario.


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