Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —Capitán —respondà cogiendo la mano de tan adicto amigo—, aún no hemos recibido la visita de los padrinos de Drake. Aunque todas las circunstancias os dan la razón, aún no puedo desesperar.
—¿Conocéis algún medio de evitar el desafÃo?
—No, hasta ahora, al menos. Sin embargo, ese desafÃo, si ha de efectuarse, ha de ser en América, y antes de llegar, la casualidad, que ha creado esta situación, puede librarnos de ella.
Corsican movió la cabeza, como hombre que no admite la eficacia de la casualidad en los negocios humanos. En aquel momento subió Fabián la escalera que conducÃa a la cubierta. Me impresionó su palidez. La herida sangrienta de su corazón habÃa vuelto a abrirse. EntristecÃa su aspecto. La seguimos. Erraba, sin objeto, evocando aquella pobre alma medio libre de su cubierta mortal, y trataba de evitarnos.
—¡Era ella! ¡La loca! —dijo—. Era Elena, ¿no es verdad? ¡Pobre Elena mÃa!
Dudaba aún, y se alejó de nosotros, sin esperar una respuesta que no hubiéramos tenido valor para darle.