Una ciudad flotante
Una ciudad flotante El Great-Eastern no distaba más que 348 millas de la punta de Landy-Hook, lengua pantanosa que forma la entrada de los pasos de Nueva York. Pronto iba a surcar las aguas americanas.
Durante el lunch, Drake ocupaba su puesto de costumbre; pero Fabián no se halla en el suyo. Aunque charlatán, me pareció que aquel tunante estaba intranquilo. ¿PedÃa al vino el olvido de sus remordimientos? No lo sé; pero se entregaba a continuas ovaciones, en compañÃa de sus amigos de siempre. Varias veces me miró de reojo, no atreviéndose a encararse conmigo, a pesar de su insolencia. ¿Buscaban a Fabián entre los convidados? No sé. Me llamó la atención que abandonara la mesa bruscamente, antes de terminar la comida. Me levanté acto continuo, para observarle, pero se dirigió a su camarote, donde se encerró.
Subà a cubierta. El mar estaba tranquilo y sereno el cielo. Ni una nube ni un poco de espuma. El doctor Pitferge me dio malas noticias del marinero herido. A pesar de las seguridades que daba el médico, el estado del paciente empeoraba.