Una ciudad flotante

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Sus apuestas ascendían a algunos centenares de dólares; las perdió todas. En efecto el resto era el esqueleto de un buque. El Great-Eastern se acercaba a él, y ya se veía el verdoso cobre de su forro. Era una fragata desarbolada, tendida de costado. Debía medir 50 o 60 metros. Cadenas rotas pendían de sus obenques.

Aquel buque, ¿había sido abandonado por la tribulación? Tal era la cuestión palpitante o, como dirían los ingleses, la «great atraction» del momento. No se veía a nadie sobre aquel casco. ¿Se habrían refugiado los náufragos a su interior? Mi anteojo me permitió ver que, en la proa, se movía algo, pero pronto pude convencerme de que era un pedazo de foque que el viento agitaba.

Cuando llegamos a una milla de distancia, pudimos ver todos los detalles del casco. Era nuevo y estaba bien conservado. Su cargamento, que se había corrido a impulsos del viento, le obligaba a permanecer sobre la banda de estribor. Debía aquel barco haberse visto obligado a sacrificar su arboladura.

El Great-Eastern se acercó y dio a su alrededor una vuelta completa, avisando su presencia con silbidos que desgarraban el aire. Pero el cascarón siguió mudo e inanimado. Nada se distinguía en el horizonte. No había ningún bote a los costados del buque náufrago.


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