Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Sin duda la tripulación había logrado escaparse. Pero a 300 millas de distancia ¿habría podido llegar a tierra? Débiles lanchas ¿podrían haber resistido oleadas que conmovían al Great-Eastern? ¿Sería muy antigua la fecha de la catástrofe? ¿No pudiera haber ocurrido el naufragio, mucho más al Oeste, en atención a los vientos reinantes? ¿No hacía mucho tiempo que aquel casco derivaba, a impulsos del viento y de las corrientes? Preguntas que debían quedar sin respuesta.
Al llegar el Great-Eastern a la popa del buque náufrago, pude leer el nombre de Lérida, pero no estaba indicada su matrícula. Su gracioso corte y la hechura particular de su estrave hizo decir a los marineros que era de construcción americana.
Un buque mercante ordinario o un buque de guerra, no hubiera vacilado en remolcar aquel casco, que encerraba, sin duda, un cargamento de valor, pues sabido es que, en tales casos, la tercera parte de éste pertenece a los salvadores. Pero el Great-Eastern, encargado de un servicio regular, no podía llevar consigo aquel cascarón durante millares de millas, siéndole también imposible retroceder para dejarlo en el puerto menos distante. Fue, pues, preciso, abandonarlo, a pesar del sentimiento de los marineros, y pronto se perdió en el horizonte. El grupo de pasajeros se dispersó, ganando unos sus camarotes, otros los salones; la bocina del lunch no pudo despertar a todos los dormidos o abatidos por el mareo.