Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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A las nueve de la mañana, se señaló un objeto a cuatro millas, a babor. ¿Era un cadáver, un esqueleto de ballena o un esqueleto de buque? Aún no podía verse. Un grupo de pasajeros, reunidos sobre la toldilla de proa, observaba aquel resto que flotaba a 400 millas de la costa más cercana.

El Great-Eastern avanzaba hacia aquel objeto. Los anteojos maniobraban sin descanso. Los comentarios subían de punto; entre, los ingleses y americanos empezaron las apuestas, aprovechando aquel pretexto, tan bueno como otro cualquiera. Entre ellos había uno de elevada estatura, cuya cara me llamó la atención por la doblez que revelaba. En sus facciones estaba estereotipado un sello de odio general, acerca del cual los fisonomistas y los fisiólogos no se hubieran equivocado; una arruga vertical partía de su frente: su mirada era, a un tiempo, penetrante y descarada; sus ojos enjutos, sus cejas juntas, sus hombros levantados, su cabeza alta indicaban imprudencia y truhanería. ¿Quién era? No lo sabía, pero me disgustaba en alto grado. Hablaba en voz alta con un acento que parecía un insulto. Algunos acólitos, dignos de él, celebraban sus chistes de mal género. Sostenía que lo que se estaba viendo era una ballena, y había importantes apuestas, que en el acto eran aceptadas.


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