Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —Tiene una mujer, y le basta. Además, se propone explicarnos su doctrina una de estas noches.
—Tendrá un lleno completo —dije.
—Sà —respondió el doctor—, si el juego no le quita los parroquianos. Anda por ahà un inglés de mala cara, que me parece el jefe de esta turba de tahúres que juegan en la cámara de proa. Es un canalla de la peor fama. ¿Habéis reparado en él?
Algunos pormenores que añadió el doctor me hicieron recordar al individuo que aquella mañana se habÃa distinguido por sus apuestas. Mi diagnóstico no me habÃa engañado. Dean Pitferge me dijo que se llamaba Harry Drake. Era hijo de un comerciante de Calcuta, un jugador, un camorrista, un perdido, un tronado, y probablemente iba a América a probar vida de aventuras.
—Esos hombres encuentran en cualquier parte aduladores que les estimulan, y ése tiene ya aquà su cÃrculo de pillos cuyo centro forma. Entre ellos está un hombrecillo chato, carirredondo, de labios gruesos y con gafas de oro, que se titula doctor y dice que va a Quebec, pero que estoy seguro de que es judÃo alemán, mestizo de burdeles; un charlatán de baja estofa y admirador de Drake.
Pitferge, que saltaba de tema en tema, me tocó en el codo, para hacerme reparar en un joven de 22 años que daba el brazo a una niña de 17.
—¿Dos recién casados? —pregunté el doctor.