Una ciudad flotante
Una ciudad flotante El mismo resultado. No habÃamos recorrido aún más que 1100 millas, contando las 310 que hay de Fastenet a Liverpool. La tercera parte del viaje, aproximadamente. Durante el resto del dÃa, marineros oficiales, pasajeros, continuaron «descansando», como Dios después de crear América. No resonaba ningún piano en los salones. Los juegos de damas no salieron de sus cajas ni las barajas de sus estuches. Aquel dÃa tuve ocasión de presentar el doctor Pitferge al capitán Corsican. Mi original logró entretener a Corsican, refiriéndole la historia secreta del Great-Eastern, con el objeto de convencerle de que era un buque maldito, embrujado, que necesariamente habÃa de tener mal fin. La leyenda del maquinista soldado, hizo mucha gracia a Corsican, aficionado como un buen escocés, a lo maravilloso; pero no pudo, sin embargo, contener una sonrisa de incredulidad.
—Me parece —dijo el doctor—, que el capitán no da entero crédito a mis leyendas.
—¡Mucho!… ¡Es mucho decir! —repuso Corsican.
—¿No creeréis más, capitán, si os demuestro que en este buque, por la noche, aparecen fantasmas?
—¿Fantasmas? ¡Cómo! ¿También hay aparecidos? ¿Lo creéis?