Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Con un hermoso sol, la observación del mediodía fue muy buena. Dio 48° 47' de latitud, 36° 48' de longitud y sólo 250 millas como carrera. El transatlántico de peor fama tenía derecho a ofrecernos remolque. El capitán Anderson estaba muy disgustado; el ingeniero atribuía la poca presión a la poca ventilación de los nuevos fogones, pero yo creo que la falta consistía en haber disminuido imprudentemente el diámetro de las ruedas.

Pero, a las dos, mejoró la marcha. La actitud de los dos prometidos me reveló la novedad. Apoyados en la borda de estribor, palmoteaban y gritaban, muy contentos. Miraban, sonriendo, los tubos de escape que se elevaban a lo largo de las chimeneas del Great-Eastern, cuyos orificios se coronaban de un ligero vapor blanquecino. La presión había subido en las calderas de la hélice, y el poderoso agente forzaba sus válvulas, a pesar de su carga de 21 libras. No era aquello aún más que una débil respiración, un tenue aliento, pero los jóvenes lo bebían con sus ojos. No, ¡no fue más feliz Dionisio Papin cuando vio medio levantada la tapadera de su célebre marmita!

—¡Humean! ¡Humean! —exclamó la joven miss, en tanto que un ligero vapor se escapaba también de sus labios entreabiertos.

—Vamos a ver la máquina —respondió él, estrechando bajo su brazo el de su futura.


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