Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Pitferge y yo seguimos a la enamorada pareja.

—¡Qué hermosa es la juventud! —repetía el doctor.

—¡Sí —decía yo—, la juventud entre dos!

Pronto estuvimos también nosotros asomados a la escotilla de la máquina de la hélice. En el fondo de aquel vasto pozo, a 60 pies de profundidad, distinguimos los cuatro grandes émbolos horizontales que se embestían, humedeciéndose a cada movimiento con una gota de aceite lubrificador.

El joven tenía su reloj en la mano, y ella apoyada en su hombro, seguía la manecilla de los segundos. Él, en tanto, contaba las vueltas de la hélice.

—¡Un minuto! —dijo ella.

—¡Treinta y siete vueltas! —respondió él.

—¡Treinta y siete y media! —dijo el doctor, que fiscalizaba la operación.

—¡Y media! —gritó la joven—. Ya lo oís, Edward. Gracias, caballero —añadió, dirigiendo al doctor la más amable de las sonrisas.


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