Una ciudad flotante
Una ciudad flotante God save the Queen
Como se ve, era un concierto completo lo que se anunciaba, con dos partes, entreactos y final. Pero algo debÃa faltar en el programa, pues oà decir, detrás de mÃ:
«¡Vaya! ¡Nada de Mendelsohn!».
Me volvÃ; era un simple camarero quien asà protestaba de la omisión de su música favorita.
Volvà a subir a cubierta, en busca de Macelwin. Corsican me acababa de decir que Fabián habÃa salido de su camarote, y querÃa, sin importunarle, sacarle de su aislamiento. Le encontré en la parte de proa. Hablamos durante largo rato, pero no hizo alusión alguna a su pasado.
En ciertos momentos permanecÃa absorto, pensativo, sin ver ni oÃr, apretando su corazón, como para contener un espasmo doloroso. Entretanto que hablábamos, Harry Drake pasó varias veces por delante de nosotros. Siempre era el mismo alborotador y molesto con sus movimientos, como lo serÃa un molino de aspas en un Salón de baile. ¿Me engañaba? Puede ser, porque me hallaba prevenido, pero me pareció que Harry Drake observaba a Fabian con cierta insistencia. Fabián debió notarlo, porque me dijo:
—¿Quién es ése?
—No sé —le respondÃ.
—¡Es antipático! —añadió Fabián.