Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Los ingenieros procedieron entonces a un examen del Scotia, puesto entonces a carenar en seco. No daban crédito a lo que veían. A dos metros y medio por debajo de la línea de flotación se abría un orificio con forma regular de triángulo isósceles. Más perfecto no lo hubiera hecho un taladro. Era preciso, pues, que la herramienta perforadora que lo había abierto fuera de temple poco común y que, luego de haber sido lanzada con fuerza prodigiosa para perforar así una chapa de hierro de cuatro centímetros, pudiera retirarse por sí misma, mediante un movimiento de retroceso verdaderamente inexplicable. Tal era el último suceso que tuvo por resultado apasionar nuevamente a la opinión pública.
Desde ese momento, en efecto, cuanto siniestro marítimo no tuviera causa determinada se cargó a cuenta del monstruo. Al fabuloso animal se le atribuyó la responsabilidad de todos los naufragios, cuyo número resulta, desdichadamente, considerable, ya que tres mil navíos que desaparecen cada año, según las estadísticas de la agencia Veritas, los buques de vapor o de vela dados por perdidos con su carga y pasaje por carencia de noticias, no bajan de doscientos.