Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor, aunque usted haya roto con la humanidad, quiero creer que no habrá renegado de todo sentimiento humano. Somos unos náufragos recogidos por compasión a bordo de su nave, y no lo olvidaremos. Por mi parte, no desconozco que si el interés de la ciencia pudiera absorber hasta la necesidad de ser libre, lo que me promete nuestro encuentro me procurarÃa muchas compensaciones. Pensé que el comandante me tenderÃa la mano para sellar el trato, pero no lo hizo. Lo lamenté por él.
-PermÃtame una última pregunta, dije en el momento en que ese ser inexplicable parecÃa querer retirarse.
-Hable usted, señor profesor.
-¿Con qué nombre he de llamarlo?
-Señor, respondióme el comandante, no soy para usted sino el capitán Nemo. Para mÃ, sus compañeros y usted sólo son los pasajeros del Nautilus.
El capitán Nemo llamó. Un camarero se presentó. El capitán le dio órdenes en esa extraña lengua que yo no podÃa reconocer. Luego, volviéndose hacia el canadiense y Consejo les dijo:
-Una comida los espera en su camarote. Tengan la bondad de seguir a este hombre.
-¡No es como para rehusar!, comentó el arponero. Consejo y él salieron por fin de la celda en que habÃan estado encerrados más de treinta horas.
-Y ahora, señor Arormax, nuestro almuerzo está servido. PermÃtame que lo preceda.