Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -A sus órdenes, capitán.
Seguà al capitán Nemo, y en cuanto hube franqueado la puerta entré en una especie de corredor iluminado por electricidad, semejante al espacio que hay de proa a popa en medio de la cubierta de una embarcación. Luego de recorrer unos diez metros se abrió una puerta ante mÃ. Entré, entonces, en un comedor adornado y amueblado con un gusto severo. Altos aparadores de roble incrustado con adornos de ébano se alzaban en ambos extremos de la sala, y en sus estantes de lÃnea ondulada resplandecÃan lozas, porcelanas y cristalerÃa de incalculable valor. Fuentes y platos de metal brillaban bajo los rayos que emitÃa un cielo raso luminoso, cuyo fulgor tamizaban y suavizaban unas finas pinturas.
En medio de la sala habÃa una mesa ricamente servida. El capitán Nemo me indicó el lugar que me tenÃa reservado.
-Tome asiento, dijo, y coma, porque supongo que estará muriéndose de hambre. El almuerzo se componÃa de cierto número de platos cuyo contenido provenÃa exclusivamente del mar y de algunos manjares cuya procedencia y naturaleza yo ignoraba. Confesaré que eran sabrosos, pero tenÃan un gusto particular al que pronto me acostumbré. Esos diversos alimentos me parecieron ricos en fósforo, por lo que los supuse de origen marino.