Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Entre esos libros noté las obras maestras de los autores antiguos y modernos, es decir, todo lo más hermoso que la humanidad ha producido en historia, poesía, novela y ciencia, desde Homero hasta Víctor Hugo, desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais a Jorge Sand. Pero la ciencia, más particularmente, hacía el gasto en aquella biblioteca; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, cte., ocupaban un lugar no menos importante que las obras de historia natural, y comprendí que constituían el estudio predilecto del capitán.
Vi allí todas las producciones de Humboldt, todas las de Arago, los trabajos de Foxicault, de Sainte-Claire Deville, de Chasles, de Milne Edwards, de Quatrefages, de Tyridall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maurv, de Agassis, etc., las memorias de la Academia de ciencias, los boletines de las diversas sociedades de geografía, etc., y, en lugar destacado, los dos volúmenes que quizás me habían valido la acogida relativamente amable del capitán Nemo. Entre las obras de José Bertrand, su libro sobre Los fundadores de la Astronomía me proporcionó una fecha segura, y como yo sabía que se había publicado en 1865, pude sacar en consecuencia que la instalación del Nautilus no remontaba a una época posterior. De modo, pues, que desde hacía tres años, a lo sumo, el capitán Nemo había dado comienzo a su existencia submarina.