Veinte mil leguas de viaje submarino

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Unos treinta cuadros de maestros, con marcos uniformes, separados por relucientes panoplias, adornaban las paredes tapizadas con telas de severo dibujo. Vi allí obras de gran valor, la mayor parte de las cuales había yo admirado en colecciones particulares de Europa y en exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los maestros antiguos se hallaban representadas por una madona de Rafael, una Virgen de Leonardo de Vine¡, una ninfa de Correggio, una mujer de Tíciano, una adoración de Veronés, una asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermese de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres cuadritos de género de Gerard Dou, de Mestu, de Potter, dos telas de Géricault y de Prudhon, algunas marinas de Backuysen y de Vernet. 

Entre las obras de pintura moderna aparecían cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Trovon, Meissonier, etc., y algunas admirables reducciones de estatuas de mármol o de bronce copiadas de los más hermosos modelos de la antigüedad, se erguían en sus pedestales en los rincones de aquel magnífico museo. El estado de estupefacción que me había predicho el comandante del Nautilus comenzaba ya a enseñorearse de mi ánimo.

-Señor profesor, dijo entonces aquel hombre extraño, me disculpará la despreocupación con que lo recibo y el desorden que reina en esta sala.


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