Veinte mil leguas de viaje submarino

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-No, respondió el capitán, ese tabaco no viene de La Habana ni de Oriente. Es una especie de alga, rica en nicotina, que me provee el mar, con cierta parsimonia. ¿Echa usted de menos los puros, señor?

-Capitán, los desdeño a partir de este día.

-Fume, entonces, cuanto guste, sin discutir el origen de estos cigarros. Ninguna administración estatal ha controlado su fabricación, pero supongo que no por eso son menos buenos.

-Al contrario.

En ese momento el capitán Nemo abrió una puerta que daba frente a aquella por la que había yo entrado en la biblioteca y pasé a un salón inmenso, espléndidamente iluminado.

Era un amplio cuadrilátero con ochavas, de unos diez metros de largo, seis de ancho y cinco de altura. Un cielo raso luminoso, decorado con elegantes arabescos, distribuía una luz clara y suave sobre todas las maravillas acumuladas en ese museo. Pues era realmente un museo, en el que una mano inteligente y pródiga había reunido los tesoros de la naturaleza y del arte con aquel revoltijo artístico que distingue a un taller de pintor. 


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