Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor, sin intención de averiguar quién es usted, ¿me permite reconocer en su persona a un artista?
Un aficionado, cuanto más, señor. Me agradaba en otros tiempos coleccionar estas hermosas obras creadas por la mano del hombre. Era yo un buscador ávido, un husmeador incansable, y logré reunir algunos objetos de alto mérito. Son mis últimos recuerdos de aquella tierra que murió para mí. A mi parecer, vuestros artistas modernos no son ya sino antiguos; tienen dos o tres mil años de existencia y los confundo en mi mente. Los maestros no tienen edad.
-¿Y estos músicos?, dije señalando las partituras de Weber, de Rossini, de Mozart, de Beethoven, de Haydii, de Meyerbeer, de Herold, de Wagner, de Gounod, de Massé, y muchas otras, esparcidas sobre un piano-órgano de gran modelo que ocupaba uno de los muros del salón.
-Estos músicos, me respondió el capitán Nemo, son contemporáneos de Orfeo, pues las diferencias cronológicas se borran en la memoria de los muertos Y yo estoy muerto, señor profesor, ¡tan muerto ellos amigos suyos que reposen a seis pies bajo tierra!