Veinte mil leguas de viaje submarino

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Calló el capitán y pareció ensimismarse en profundo ensueño. Yo lo contemplaba con viva emoción, analizando en silencio las particularidades de su fisonomía. Con los codos apoyados en el ángulo de una preciosa mesa de mosaico, ya no me veía, tenía olvidada mi presencia. Respeté su recogimiento y continué el examen de las curiosidades que enriquecían el salón.

Cerca de las obras de arte, las rarezas naturales ocupaban un lugar muy importante. Consistían principalmente en plantas, valvas y otros productos del océano, que debían ser hallazgos personales del capitán Nemo. En el medio del salón, un surtidor, iluminado eléctricamente, dejaba caer el chorro de agua en un pilón formado con una sola tridacna. Esta valva, provista por el más grande de los moluscos acéfalos, medía en sus bordes delicadamente festoneados una circunferencia de seis metros aproximadamente, superando por lo tanto en tamaño a las hermosas tridacnas que la república de Venecia donó a Francisco I con las que la iglesia de San Sulpicio, de París, hizo dos gigantescas pilas de agua bendita.

En torno a este pilón, bajo elegantes vitrinas fijadas con armaduras de bronce estaban clasificados con sus correspondientes rótulos los más preciosos productos del mar que jamás vieran las miradas de un naturalista. Fácil es concebir mi júbilo de profesor.


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