Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Yo comprendo, capitán, el placer de pasearse por entre tales riquezas. Usted es de los que se forman por sí mismos su tesoro. No hay museo en Europa que pueda lucir semejante colección de productos del océano. Pero si consumo aquí, viéndola, mi capacidad de admiración, qué me quedará para el navío que la contiene? No pretendo penetrar en los secretos que son suyos; sin embargo, confieso que este Nautilus, la fuerza motriz que lleva en sí, los aparatos que permiten manejarlo, el agente tan poderoso que lo anima, son cosas que despiertan en sumo grado mi curiosidad. Veo suspendidos en las paredes de este salón unos instrumentos cuyo destino desconozco. ¿Podría saber... ?
-Señor Aronnax, me interrumpió el capitán Nemo, ya le he dicho a usted que gozaría de libertad a bordo de mi nave y, por consiguiente, ninguna parte del Nautilus le está vedada. Puede usted recorrerlo detenidamente y será para mí un placer servirle de cicerone.
-No sé cómo agradecerle, señor, y no abusaré de su gentileza. Le preguntaré solamente a qué uso están destinados esos instrumentos de física.
-Señor profesor, esos mismos instrumentos se encuentran en mi habitación y ahí tendré el gusto de explicarle a usted su empleo. Pero antes, venga a ver el camarote que ocupará. Es preciso que sepa cómo estará instalado a bordo del Nautilus.