Veinte mil leguas de viaje submarino

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Más allá de la cocina se hallaba el alojamiento de la tripulación, con cinco metros de largo. Pero la puerta estaba cerrada y no pude ver su disposición, que quizás me hubiera dado una idea acerca del número de hombres requeridos para el manejo del Nautilus. En el fondo, otro mamparo separaba el alojamiento de la cámara de máquinas. Abrióse una puerta y me encontré en ese compartimiento donde el capitán Nemo -ingeniero de primer orden con toda seguridad-tenía instalados sus instrumentos de locomoción. La cámara de máquinas, muy iluminada, no medía menos de veinte metros de largo. Estaba naturalmente dividida en dos partes: la primera contenía los elementos para producir la electricidad, y la segunda, el mecanismo que transmitía el movimiento a la hélice. Me sorprendió, en el primer momento, el olor sui generis que llenaba el local. El capitán Nemo advirtió dicha impresión mía.

-Son, me dijo, algunas emanaciones de gas producidas por el empleo del sodio; pero se trata de un inconveniente sin mayor importancia. Todas las mañanas, además, purificamos la atmósfera del navío, ventilándolo por medio de fuertes corrientes de aire.


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