Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

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Después del fusil de aguja, los torpedos; después de los torpedos, el ariete submarino; luego vendrá la reacción. Por lo menos, así lo espero. Pero la hipótesis de una máquina bélica cayó a su vez ante la declaración de los gobiernos. Como se trataba de un interés público, ya que se resentían las comunicaciones transoceánicas, no cabía poner en tela de juicio la franqueza de los gobiernos. Por lo demás, ¿Cómo suponer que la construcción de ese barco submarino quedara oculta a las miradas de la gente? Guardar el secreto en tales circunstancias es muy difícil para un particular y por cierto imposible para un estado, cuyos actos vigilan persistentemente las potencias rivales.

De modo que, tras las investigaciones realizadas en Inglaterra, Francia, Rusia, Prusia, España, Italia, América, e incluso hasta en Turquía, la hipótesis de un monitor submarino se descartó definitivamente. Volvió a flote, pues, el monstruo, pese a las incesantes bromas con que lo asaeteaban los periódicos humorísticos y las imaginaciones se dejaron llevar hasta las más absurdas quimeras de una ictiología fantástica.




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