Veinte mil leguas de viaje submarino

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Pero estoy tejiendo fantasías que para mí ya no tienen asidero. Dejemos esas quimeras que el tiempo transformó en terribles realidades. Repito, fijóse entonces la opinión en cuanto a la naturaleza del fenómeno, y el público aceptó, sin ningún género de duda, la existencia de un ser prodigioso que no tenía nada en común con las fabulosas serpientes de mar. 

Y si bien hubo quienes no veían en ello más que un problema puramente científico, otros, más positivos, sobre todo en América y en Inglaterra, opinaron que era preciso eliminar del océano al terrible monstruo, con el fin de restaurar la seguridad en las comunicaciones transoceánicas. Los periódicos de la industria y del comercio enfocaron la cuestión principalmente desde este punto de vista, La Shipping and mercantile gazette, el L1oyd, le Paquebot, la Revue maritime et coloniale, todos los papeles públicos adictos a las compañías de seguros que amenazaban con aumentar la tasa de las primas, se pronunciaron unánimes al respecto. Inclinada en tal sentido la opinión pública, fueron los Estados Unidos, los primeros que se decidieron a obrar. Realizáronse en Nueva York los preparativos para una expedición destinada a perseguir al narval. Aprestaron una fragata con espolón, muy veloz, que debía hacerse a la mar cuanto antes. 


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