Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino No se engañaba Ned Land. Nos hallábamos en presencia de un navío cuyos obenques cortados pendían aún de las cadenas que los sujetan a la borda. El casco parecía en buen estado: el naufragio debía de haber ocurrido unas horas antes. Tres fragmentos de mástiles, aserrados a dos pies del puente, indicaban que, en el peligro, el navío hubo de sacrificar su arboladura. Ahora, tumbado de flanco, se había llenado de agua y escoraba todavía a babor. ¡Triste espectáculo el de ese casco perdido debajo de la superficie, pero más triste aún el de la visión del puente, donde algunos cadáveres amarrados con cuerdas yacían todavía! Conté cuatro -cuatro hombres, uno de los cuales se hallaba de pie junto al timón luego una mujer que salía a medias por la claraboya de la toldilla llevando a un niño en brazos. La mujer era joven. Iluminados claramente por las luces del Nautilus, pude verle los rasgos que el agua aún no había descompuesto. ¡En un esfuerzo supremo tenía alzado a su niño por encima de la cabeza, pobre criatura que se abrazaba al cuello de su madre! La actitud de los cuatro marineros me pareció espantosa, al verlos retorciéndose en movimientos convulsivos y muertos mientras realizaban el postrer esfuerzo por desprenderse de las cuerdas que los sujetaban al navío. Solamente el timonel, más calmoso, con la cara serena y grave y los canosos cabellos pegados a la frente, crispaba la mano en la rueda del timón como para dirigir en las profundidades del océano a su velero hundido.