Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Bordeando a sólo unos cables las bases de los acantilados de Clermont-Tonnerre, admiraba yo la gigantesca labor de tan microscópicos obreros. Aquellas murallas eran especialmente el producto de las madréporas designadas con el nombre de mileporas, poritas, astreas y meandrinas, pólipos que se desarrollan sobre todo en las capas agitadas de la superficie del mar, y, por consiguiente, desde la parte superior dan comienzo a sus construcciones, las que van hundiéndose poco a poco con los restos de las secreciones que los soportan. Tal es, por lo demás, la teoría de Darwin, que explica así la formación de los atolones, teoría a mí parecer superior a la que da como base de los trabajos madrepóricos las cimas de las montañas o de los volcanes sumergidos a unos pies bajo el nivel del mar. Pude observar desde muy cerca esas curiosas murallas, y vi que en su asiento la sonda indicaba más de trescientos metros de profundidad, mientras nuestros haces eléctricos hacían fulgurar la brillante construcción calcárea.
Al responder una pregunta de Consejo sobre el tiempo que tardaban en formarse aquellas colosales barreras, lo dejé muy admirado contestándole que los sabios calculaban un crecimiento de un octavo de pulgada por siglo.
-¿Así que para levantar esas murallas fueron necesarios...?