Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Hasta ese momento y desde hacía diez años, me había seguido a cuanto lugar me llevaba la ciencia. Jamás le oí una observación sobre lo prolongado o fatigoso de un viaje, ninguna objeción en el momento de preparar la valija para marchar a un país cualquiera, China o Congo, por más lejano que fuere. Allá se iba él, sin preguntas ociosas. Además, gozaba de una salud que le permitía desafiar todas las enfermedades, lo mismo que de unos músculos sólidos, pero nada de nervios, ni asomo de nervios, en lo moral se entiende. El mozo tenía treinta años, y su edad con respecto a la de su amo estaba en la proporción de quince a veinte.
Discúlpeseme esta manera de decir que yo frisaba en los cuarenta.
Sólo un defecto le notaba a Consejo. Rabiosamente formalista, no me hablaba jamás sino en tercera persona, hasta el extremo de hacerse exasperante.
-¡Consejo!, repetí, mientras comenzaba con mano febril los preparativos para la partida. Por cierto, yo daba por sentada la devoción del mozo. De ordinario nunca lo consultaba acerca de si le convenía o no seguirme en mis viajes, pero en esta oportunidad tratábase de una expedición que podía prolongarse indefinidamente, de una empresa arriesgada, en persecución de un animal capaz de hundir una fragata como si fuera una cáscara de nuez. Era como para pensarlo bien, incluso el hombre más impasible del mundo. ¿Qué diría Consejo?